
Recuerdo que fui un niño muy feliz. Durante los veranos solía ir con toda la familia a explorar las desérticas playas de la península. Partíamos muy temprano aprovisionados de comida y agua. Mi padre acondicionaba sobre la parte trasera de la camioneta pick up un gran toldo de lona marrón bajo el cual mis hermanos y yo realizábamos los más emocionantes viajes.
Paracas era una especie de paraíso escondido, aislado del mundo, protegido de la gente. Un lugar detenido en el tiempo. Muchas veces simplemente no había allí nadie más que nosotros; nosotros y las jaibas o las gaviotas. Recuerdo aún con asombro el maravilloso descubrimiento de las enormes formaciones rocosas labradas por el mar y por el tiempo, de las esquivas y fascinantes lagartijas, de los tímidos y antisociales muimuyes. Pasear por la orilla era luchar contra el mar por preservar un nombre escrito en la arena húmeda, una huella pequeña como mis pies; era remover yuyos de plásticas texturas y colores militares; sobrecogerse ante una estrella de mar muerta sin remedio. El viento finalmente se imponía condimentando con arena mis panes repletos de atún, arrebatando sombreros, arrancando sombrillas de raíz. El viento me señalaba un camino, me marcaba una ruta vertiginosa a la cual soñaba con entregarme, una ruta que debía llevar a los confines de ese mundo, allí donde la magia lo era todo.
No fueron pocas las veces en que el camino de regreso desapareció. Entonces, con cierto temor pero divertidos, sobrevivimos a atollos y rescates con tablones y sogas, mientras la noche nos perdonaba una vez más retrasando su llegada al máximo.
Paracas era una especie de paraíso escondido, aislado del mundo, protegido de la gente. Un lugar detenido en el tiempo. Muchas veces simplemente no había allí nadie más que nosotros; nosotros y las jaibas o las gaviotas. Recuerdo aún con asombro el maravilloso descubrimiento de las enormes formaciones rocosas labradas por el mar y por el tiempo, de las esquivas y fascinantes lagartijas, de los tímidos y antisociales muimuyes. Pasear por la orilla era luchar contra el mar por preservar un nombre escrito en la arena húmeda, una huella pequeña como mis pies; era remover yuyos de plásticas texturas y colores militares; sobrecogerse ante una estrella de mar muerta sin remedio. El viento finalmente se imponía condimentando con arena mis panes repletos de atún, arrebatando sombreros, arrancando sombrillas de raíz. El viento me señalaba un camino, me marcaba una ruta vertiginosa a la cual soñaba con entregarme, una ruta que debía llevar a los confines de ese mundo, allí donde la magia lo era todo.
No fueron pocas las veces en que el camino de regreso desapareció. Entonces, con cierto temor pero divertidos, sobrevivimos a atollos y rescates con tablones y sogas, mientras la noche nos perdonaba una vez más retrasando su llegada al máximo.